Tengo un problema. Supongo que
los filósofos escribieron los textos para el volumen conmemorativo dedicado al
filósofo. Desde el punto de vista de la verdadera filosofía, mi visión del ser
humano en la vida y en el mundo es una visión degradada, determinada de manera
funcional por los personajes y los conflictos que surgen de forma casual,
incluso irracional, durante la elaboración de una obra teatral o de una novela.
Sin embargo, aun así sé que sigo siendo un profesional.
A partir de las experiencias de
mi juventud, lo que más temo son los diletantes,y
me aterra la posibilidad de volver a convertirme en uno de ellos. Por eso no
quiero hablar de Karel Kosík, el filósofo, sino del personaje dramático K. K.
de aquella obra que escribió para el theatrum mundiy
que la vida sigue escribiendo todavía.
Ese personaje probablemente no
podía convertirse en otra cosa que en filósofo, pues, dotado de una naturaleza
inquisitiva, comenzó su vida adulta esperando la muerte, en la lucha por la
libertad. El fascismo y el terror que este desencadenó, y que culminaron en una
guerra genocida, fueron el primer fenómeno que lo formó. Lo afectó de tal
manera que pasó a formar parte de un grupo de personas marcadas de manera
semejante, que siempre querían oponer a un horror otro fenómeno, sin haber
logrado conocer su verdadera esencia.
El personaje K. K. comprendió la
naturaleza del comunismo, que se presentaba como si su fundamento inconmovible
fuera una concepción científica del mundo, y fue uno de los primeros en
comenzar a desenmascararlo filosóficamente. De ese modo, se ganó por primera
vez no solo enemigos lógicos, encarnados en el régimen fracasado, sino también
enemigos completamente ilógicos entre los filósofos del mundo libre. Estos
dejaron de ser aliados lógicos cuando se les arrebató su sueño, admirable
también por el hecho de que no habían tenido que arriesgar nada por él.
Como en el teatro, transcurrió
entonces, de un salto, un cuarto de siglo, durante el cual el personaje K. K.
sobrevivió gracias a su trabajo, a la solidaridad de sus amigos extranjeros y
al apoyo incansable de su esposa. Por un momento pareció que se había llegado a
un final feliz: el personaje K. K. pudo regresar de la no existencia a la
existencia.
Sin embargo, el director de
escena, la Vida, no conoce el descanso y su imaginación no tiene límites. El
espacio vacío que quedó después de que dos fenómenos se desinflaran fue ocupado
por el fenómeno del capitalismo triunfante. El personaje K. K. comprendió que
este tampoco se basta a sí mismo y que necesita un contenido nuevo, si no
quiere significar únicamente otra forma —aunque al principio resulte
inocuamente desagradable— de embrutecer el pensamiento humano. Y comenzó a
demostrarlo filosóficamente, a su manera.
De ese modo volvió a ganarse no
solo enemigos lógicos, encarnados en el oportunismo de todos los grupos
dominantes, sino también enemigos completamente ilógicos entre sus mejores
amigos. Estos dejaron de ser aliados lógicos cuando se puso en cuestión el objetivo
por el que, esta vez, habían asumido tantos riesgos.
Este destino antiguo marcó al
personaje K. K. Temo que, en este momento, ni siquiera él mismo conserve la
distancia filosófica necesaria para comprender también a los demás como
personajes de un drama eterno al que la vida les ha asignado papeles diferentes.
Lo lamento, porque el profesional del drama se introduce en cada personaje como
si se introdujera en sí mismo y ya no puede juzgarlo desde la superficie.
Por eso comprendo a los amigos
decepcionados, a quienes escandaliza la negativa, tan tajante, a reconocer el
«capitalismo real» como un fenómeno incomparablemente más positivo que los dos
anteriores. Pero comprendo también, con tristeza, la decepción del personaje K.
K., que, por su propia naturaleza, no está dispuesto a considerar aceptable
nada que no sea mejor que lo malo.
Evidentemente, quiere seguir
siendo un modelo frente a todos los riesgos humanos: per aspera ad astra.
Por eso sigo teniéndolo en gran
estima y lo quiero, a pesar de sus espinas.
El personaje P. K.
Viena, 21 de agosto de 2001 (33
años después de las danzas…)
[*]La traducción provisional al castellano es de E. Uriel Alvarado Cruz. El texto aparece originalmente en el
volumen Rozjímání vpřed i vzad. Karlu Kosíkovi k pětasedmdesátinám (Praga,
Filosofia), libro publicado en 2001 en ocasión de los 75 años de Kosík.